Vida Artificial

Ensayo
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LA METAFORA DE LA CIUDAD COMO SISTEMA BIOLOGICO

 

La evolución tiende a lograr diseños estructurales óptimos por selección. Cada célula y cada estructura es un reactor químico con un tamaño y una forma óptima (ibid. p. 102). Pero, por ejemplo, a la manera de las mitocondrias (las mitocondrias son las plantas generadoras de energía metabólica de la célula; tienen ADN y se reproducen a si mismas) ¿tienen nuestras plantas generadoras de energía y nuestras fábricas el tamaño y la forma óptimos?, ¿están situadas en el lugar adecuado, etc.? o, más bien, ¿las condiciones actuales para lograr una interacción satisfactoria con el organismo ciudad son todo lo contrario?

Pero, ¿cuál es el estado de orden mínimo requerido para que podamos decir que una aglomeración cualquiera de materia constituye un algo arquitectónico, un algo urbano? Una estructura disipativa [la arquitectura, por ejemplo] es una formación regular con una organización espacial y/o temporal adoptada por una reacción química [o social; el hombre que construye es el reactor] que comenzó en un medio [urbano, ecológico] homogéneo 4, donde las moléculas [piedras o materiales de construcción] chocaban en un caos desordenado, pero fue alejada de su equilibrio, hasta llegar a un punto critico, y empujada más allá de él. Entre sus muchas propiedades se cuenta la de responder con cambios espaciales o temporales a las perturbaciones del medio [totalidad social]. (ibid. p. 93)

Las estructuras disipativas... son formas espaciales... que duran un cierto tiempo y luego se desvanecen a medida que la reacción se completa (ibid. p. 90)

Pero, ¿se puede considerar a la arquitectura de la ciudad como una estructura disipativa?

Prigogine y su escuela encontraron que estas estructuras disipativas tienen algunas de las siguientes propiedades:

a) Organización espacial: que consiste en dejar de ser un sistema [o espacio] homogéneo [la piedra contenida en una cantera, la arena en una mina de arena, etc. ] y caótico y adoptar formas espaciales análogos a las que exhiben los cristales líquidos.

b) Estados estacionarios múltiples: el sistema [o espacio] puede permanecer indistintamente en alguno de varios estados [estadios históricos: estilos, ciudades] descrito por Zhabotinsky hasta que una perturbación [las oscilaciones originadas en la totalidad social] le ocasione una transición a otro ordenamiento espacial distinto.

c) Organización temporal: o sea la capacidad de cambiar sus propiedades cíclicamente [cfr. La "sinusoide informacional de la arquitectura" Covarrubias 1979] aunque el sistema no sea perturbado externamente [guerras, catástrofes, o un intercambio excesivo de energía, entropía, información... con ciudades, países o mundos pertenecientes a otros sistemas] y de continuar haciéndolo mientras dure el aporte de [las contradicciones sociales] (Cereijido 211).

Debido a fluctuaciones habidas en la totalidad social, algunas reacciones arquitectónicas tienen una organización temporal (histórica). En estas, el sistema va pasando cíclica y espontáneamente de una organización espacial a otra o sufre cambios de concentración periódicos [por ejemplo: en las ciudades], que se repiten o que oscilan con una duración (T) y una fuerza (H=entropía) irregulares o deficientemente regulares (ibid. p. 90), constituyendo los antecesores de arcaicos relojes arquitectónicos-espaciales. Los sistemas biológicos están llenos de funciones periódicas o relojes, ciclos sexuales, latidos cardíacos, ondas peristálticas intestinales, impulsos nerviosos, etc. (ibid. p. 214), o por ejemplo: la sinusoide informacional de la arquitectura, mismas que son generadas por la actividad constructora del hombre, quien actúa como reactor; es decir, que son generadas por una totalidad social más evolucionada.

El interés biológico [arquitectónico] en estas estructuras disipativas [o formas espaciales] radica en que: 1) Representan una acumulación estructurada de sustancias [elementos arquitectónicos]; 2) Consumen energía [social, física, informacional] para mantenerse así y se desestructuran cuando el proceso se detiene; 3) La estructura adoptada es sensible a perturbaciones del medio (muchas veces el orden de la estructura adoptada depende del tipo de perturbación sufrida, de modo que hay una cierta relación específica de causa a efecto); 4) El tipo de organización adoptada es sensible a las dimensiones y formas del espacio (recipiente): [lote, ciudad, geografía, ecosistema.. . ] en que se realiza el proceso; 5) Hay algunas estructuras disipativas que se localizan, es decir, no ocupan todo recipiente a su disposición sino que se autolimitan a una región desde la cual envían periódicamente oleadas de productos [informacionales: sociales y físicos] que constituyen verdaderas ondas químicas [de comportamiento social y arquitectónico]. Estas ondas químicas pueden actuar como perturbaciones para estructuras disipativas vecinas a las que se les provocan cambios de estructura (ibid. p. 90).

Por ejemplo, la construcción de una ciudad nueva, de una nueva universidad, de un conjunto habitacional, de un estadio deportivo, de un hotel de lujo, etc., dentro de un contexto urbano que no coincide con la estructura de las nuevas construcciones, impone necesariamente desajustes, desequilibrios y nuevas necesidades que se traducen en la transformación paulatina de la estructura del contexto urbano previo: cambios en vialidad, aparición de servicios para atender a las demandas de las nuevas construcciones, etc.

En un sentido limitado podría decirse que las estructuras disipativas (formas espaciales: edificios, conjuntos urbanos, asentamientos humanos, etc.) son ejemplo de organización surgiendo del caos de lo no arquitectónico.

Ahora bien, si hiciéramos de lado, por el momento, el concepto de antropomorfismo (antropocentrismo) y tomáramos en cuenta el sistema hombre-espacio artificial como un conjunto o sistema por derecho propio y sin hacer especial énfasis en el punto de vista humano, podríamos entonces plantear el sistema resultante -llamémosle arquitectura como un organismo arcaico, cuya conformación prebiológica apenas se inicia. Este es sólo un momento de la historia y una etapa de la vida del organismo: filogénesis y ontogénesis. Nuestra metáfora diría entonces que los hombres (la parte o subsistema) son los genes del microorganismo espacial, siendo su pensamiento el equivalente a las moléculas del DNA, y su acción a través de las máquinas de construcción (excavadoras, grúas, etc.) el equivalente momentáneo del RNA. -El pensamiento humano podría ser considerado como el hilo director de la filogénesis del macro-organismo espacial, ya que este pensamiento espacial o pensamiento arquitectónico no difiere mucho entre los individuos, culturas, épocas, etc., o difiere en un grado similar a como difiere la estructura de las proteínas (aminoácidos) construida por el pensamiento nucleico o genético concentrado y almacenado en su misma estructura molecular. En este sentido, la metáfora diría que: el hombre es a la arquitectura como los genes son al organismo. Entre tanto, mientras que nuestro espacio artificial no haya alcanzado el rango de estructura biológica, mientras que sea algo así como una excreción informe (aunque a esto se le llame: una extensión de la cultura), ni llegue a un estado de equilibrio de mayor jerarquía, ni se siga formando como desecho, como subproducto de otros intereses y de otros procesos, en tanto no haya una organización social más adelantada que en función de gene (genoma) construya un macro-organismo espacial que intente superar la simple aglomeración de estados estacionarios y avance a través de las estructuras disipativas hacia estadios más organizados que, en ciclos espirales ascendentes (y más allá del hombre), le permitieran alcanzar progresivamente nuevos niveles biológicos, psíquicos, sociales, etc., de mayor jerarquía... Mientras, nuestra ciudad parecerá más bien un enorme caldo bacteriano, y nosotros la familia de virus que en su afán por sobrevivir, infectan, desorganizan y finalmente destruyen el ecosistema (es decir: el caldo bacteriano), lo poco o mucho que a su alrededor habla de organización, herencia de ciclos vitales anteriores.

Los virus no son capaces de sobrevivir por si mismos, para sobrevivir aniquilan lo que a su alrededor encuentran, es decir, viven de la célula o de la bacteria a la cual infectan para poder obtener del propio material celular la materia prima para reproducirse. Los virus son sólo moléculas de ADN envueltas por una cubierta proteica, esto es, son algo así como un pensamiento nucleico independiente y aislado, sin materia propia para autorreproducirse, casi, casi como el hombre, quien tiene que pedir prestado el material de construcción de los organismos vecinos (ecosistema, biosfera = bacteria) para poder construir su ciudad, su suprasistema (ver figs. 5.5d - 5.5h).

Pero, ¿actúa el hombre a veces como virus?, ¿actúa a veces como bacteriofago T-4?, ¿infecta con su pensamiento arquitectónico (cromosomas) a la biosfera considerada como bacteria Escheriquia colli?, ¿se infiltra y utiliza su materia prima (materiales de construcción encontrados en el ecosistema = materiales encontrados en el citoplasma), reproduce sus cromosomas y los recombina (crossing-over), roba el material de construcción de la biosfera (bacteria) y construye su epidermis proteica y se reproduce (edificios y ciudades, maquinaria de construcción), y al terminar rompe la delicada membrana que conforma la biosfera (bacteria) y sale de ahí dejando una atmósfera de destrucción y de desorden que mata a la biosfera (bacteria) protectora, esto es: rompe la delicada membrana que cuida el equilibrio del ecosistema (bosques, flora, fauna, etc.)... y deja la muerte que es desorden, desorganización, y parte en busca de más vida (de más organización o negentropía) que desorganizar para poder con el orden arrancado, extraído a fuerza, sobrevivir, permanecer...? Pero, será ¿simbiosis? o ¿aniquilación? ¿habrá tantos ecosistemas (bacterias) que infectar? ¿seremos un virus positivo o negativo?, ¿seremos la expresión humana de un efecto citopático?

Es más ¿seremos algo más que una infección viral para la biosfera? ¿estará nuestro sistema hombre-espacio-artificial en el punto en que se encontraban, hace miles de millones de años, las células llamadas "procariotas" sin núcleo, únicas entonces existentes, células cuya estructura interior todavía no se diferenciaba, estructuraba, adquiría funciones especificas, etc.? Habla ya, cierto, un embrionario pensamiento celular condensado en los cromosomas existentes, pero estos últimos todavía no tenían la capacidad, la fuerza para organizar de una manera más perfecta (células "eucariotas") el resto de la célula.

¿Somos nosotros aquellos genes en desarrollo, todavía imperfectos, incapaces de organizar adecuadamente nuestro espacio (ecosistema) artificial?, ¿tendremos que esperar de igual manera miles de millones de años para organizar algún organismo espacial relativamente avanzado, equivalente en cierto modo a los mamíferos actuales, por no decir al homo sapiens? o ¿seremos capaces de acelerar el desarrollo, evitar conscientemente las mutaciones negativas, y encontrarnos finalmente como parte de un sistema mayor que nos envuelva y con el cual entremos en interacción dialéctica como una verdadera simbiosis?, ¿organismos ambos que formen parte de un sistema mayor, de un suprasistema? ¿Nos encontramos ahora en un medio arcaico (prebiológico), en donde apenas se organizan los genes que en un futuro se organizarán mejor para estructurar, para dar vida a organismos de nivel superior, a sistemas o suprasistemas de los cuales seremos, conscientemente, sólo uno más de los componentes en interacción....?

Seamos menos pesimistas, démonos la oportunidad de poder escoger entre las alternativas optimistas. Aun así, durante el largo camino que nos resta por recorrer (y partiendo de aquel ya recorrido por nosotros y por nuestros antepasados biológicos y no-biológicos antes de nosotros) intentemos obtener la mejor opción entre todas las permutaciones y combinaciones de organización posibles. Prestemos oídos a las sabias voces de nuestros antepasados: biónica, bio-arquitectura (y no a los torpes murmullos de nuestros actuales intereses reducidos y mezquinos), oigamos su experiencia acumulada desde la explosión primigenia (big bang) y, en plan grande, quizá por primera vez como homo sapiens y no como Monstroteratum abhorrens (cf. Stanislaw Lem 1978), reformulemos la organización de nuestra ciudad para beneficio mutuo.

Por cierto, los hombres suelen permanecer (como individuos) menos que sus ciudades. Las piedras resisten más el paso del tiempo; el hecho de estar menos organizadas que nosotros (de tener menos negentropía) las hace, les permite permanecer más tiempo en equilibrio, les permite permanecer en estados estacionarios que tienen ritmos (fluctuaciones, etc.) significativamente más lentos que nosotros los organismos. Aun así, las piedras permanecen como los edificios, como ciudades, y en su macro-organización espacial guardan las memorias de las cosas pasadas, guardan el recuerdo de los hombres que les dieron forma, el recuerdo de aquella totalidad social (estados históricos) que, a final de cuentas (en forma de flujos, oscilaciones, ondas, inestabilidades,... les determinó sus estados de orden, su organización, su estructura, su morfología... cosas todas que son la manifestación objetiva de los aconteceres (totalidad social) de los hombres.

Los hombres antiguos ya se fueron, pero permanecieron sus ideas, su tradición oral y escrita; pero más aún, permaneció su pensamiento espacial, su pensamiento arquitectónico (¿su pensamiento nucleico?) que fue el primer macro sistema de comunicación espacial que le sucedió de generación en generación.

Parafraseando a M.A. Arbib (1975) podríamos decir que las piedras sobreviven por millones de años sin ser vivas, los árboles viven centenares de años pero no tienen cerebro, nosotros tenemos cerebro pero vivimos sólo unas decenas de años. Por lo tanto, si el precio que debemos pagar a causa de nuestra relativamente mayor organización es una permanencia más corta que las piedras... si queremos perdurar, si queremos almacenar por más tiempo nuestras ideas, guardémoslas en aquellos sistemas aparentemente menos organizados que nosotros, aparentemente más homogéneos, más caóticos... aquellos que estén más cerca del equilibrio, más cerca de las piedras; guardemos nuestras ideas en las piedras de nuestras ciudades, superamos su -hasta el momento- deficiente organización y dejemos inscrito en ellas nuestro pensamiento... démosles, dotémosles de una lógica más racional que nos permita y que permita a nuestros sucesores leer el texto escrito en la variedad de sus callejuelas y plazoletas de una manera similar a aquella en que ahora nosotros leemos un libro; dotémosles de un verdadero alfabeto, de un código que nos sea fuente de conocimiento, de lógica, de raciocinio, de aprendizaje intelectual, de comunicación de pensamientos, de emociones positivas y no de la conocida alienación generalizada. Aventurémonos a crear un verdadero lenguaje espacial (como mutación evolutiva del lenguaje de los primeros hombres inteligentes de la Tierra: el lenguaje hablado), un poco a la manera del lenguaje de los ácidos nucleicos, realmente a la manera del pensamiento biológico.

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