¿Seria demasiado reduccionista plantear como simple hipótesis de trabajo la posibilidad de una arquitectura estudiada a partir de la Teoría de los Equilibrios Puntuados?, ¿los cambios súbitos y las revoluciones sólo se dan en el campo de la biología, la ciencia o el arte, pero no en la historia de la arquitectura?
¿Cuales son -si existen- las raíces biológicas de la concepción del espacio por el hombre, y cuál sería la interacción biología-cultura ("nature-nurture") en la historia de la creación del espacio artificial? Entre otros, sabemos que el gesto, el puño levantado, las emociones (Darwin 1872), las características de los rasgos faciales del niño y del adulto: los signos de la edad (D'Arcy Thompson 1961), el "espacio redondo", el diámetro del nido y las distancias entre los mismos, la zona de anidaje (ver figuras 5.3a y 5.3b), la territorialidad (Ardrey 1966), el espacio personal o proxémico (Sommer 1969; Hall 1966), la necesidad de estimulación sensorial y la "pulsión de exploración" (Berlyne 1971), la necesidad de ornamentar sus nidos ¹, etc., que aunque peculiares en el hombre son, cuando menos, de herencia póngida, algunos incluso mucho más remota.
¿De cuáles de entre las citadas y las no citadas raíces biológicas nos podremos sacudir culturalmente? ¿Cuál será el espacio propiamente humano? Por lo pronto, mientras no cambiemos demasiado, es de esperarse que nuestro espacio seguirá teniendo su contenido biológico y su contenido cultural; ante la lentitud extrema del primero, probablemente el último se acelere y sea quien le dé finalmente sus rasgos peculiares, sea quien verdaderamente hominice el espacio.
Ante la hipótesis de que, entre los organismos, primero surgió la construcción de un espacio más cercano a la idea de lo redondo que a la de lo cuadrado, por irregulares que parezcan (ahora diríamos: por fractales que sean) los nidos de los organismos menos evolucionados que nosotros (aves, póngidos,..), el espacio redondo no fue inventado por el hombre, sólo fue paulatinamente adecuado a los ideales de la geometría euclidiana de las formas simples y "perfectas" (cfr. la Teoría de los Formas Perfectas en El Timeo de Platón). Quizá el descubrimiento y la implantación de la geometría de los fractales en la arquitectura nos anime a redescubrir las formas complejas, "orgánicas" o irregulares resultado de procesos sociales no menos complejos, más allá de los reclamos del retorno hacia la geometría de los cuerpos simples, y de la desnudez o la abolición de la ornamentación como imperativos culturales y civilizatorios exigidos por Le Corbusier (1958), Mies (1960) o Loos (1980) a la arquitectura.
Con este espíritu, nosotros perseguimos la hipótesis de que el hombre, después de recibir como herencia el espacio redondo, y después de haberle puesto su sello cultural, invento el espacio ortogonal, el espacio basado en el hallazgo espectacular del ángulo recto, cuya implantación se ha confirmado en un sinnúmero de culturas, independientes en el tiempo y en el espacio geográfico. Se trata pues de una verdadera y peculiar invariante humana en la producción del espacio.
En la escala histórica, este invento cuenta ya con una larga tradición en diferentes culturas. Seguramente, su adopción se debe a que existen poderosas razones para preferirlo por sobre el heredado espacio redondo. Sin adentrarnos mucho en el problema, para nosotros, las ventajas que explican el abandono del espacio redondo por el ortogonal podrían resumirse en las siguientes: técnicas, geométricas y psicológicas.
Por ventajas técnicas nos referimos a aquellas relacionadas con los materiales y procedimientos de construcción. Si bien, las estructuras relativamente esféricas (cúpulas, bóvedas) acompañan mejor la "línea de esfuerzos" conduciendo a un relativo ahorro en peso y material, el muro y la cubierta plana rectangulares, aun violentando la forma de la "línea de esfuerzos", representan en la practica una clara ventaja constructiva por su facilidad de factura y de conectividad, por su intercambiabilidad, así como por su maniobrabilidad y docilidad a la prefabricación in situ o en fabrica (ladrillos, postes y trabes).
El espacio ortogonal también tiene claras ventajas geométricas sobre el redondo . En primer lugar, llena el plano y el espacio tridimensional sin dejar huecos o intersticios entre habitaciones contiguas como los dejan los círculos o las esferas entre si; por lo tanto, aprovecha mejor el espacio. En segundo lugar, mientras que para conectar dos habitaciones en el espacio redondo es preciso colocar la puerta por el único punto disponible: el punto de tangencia, el espacio ortogonal libera y "democratiza" la posición de las puertas al permitirles su ubicación en cualquier parte del muro; el espacio resultante es así menos condicionado y más "funcional".
El espacio ortogonal tiene una asombrosa ventaja psicológica: los seis conceptos proyectivos del observador (arriba-abajo, adelante-atrás, izquierda-derecha) coinciden uno a uno con los seis elementos de la habitación ortogonal (techo-piso, muro delantero-muro trasero, muro izquierdo-muro derecho)(cfr. Piaget e Inhelder, 1948, figura 5.3c ). Ningún otro tipo de espacio lo logra, incluido el redondo. Sus ventajas de orientación, identificación y apropiación psicológicas del espacio han sido, hasta el momento, claramente superiores por sobre aquellos sistemas basados en el tetraedro, el dodecaedro o el icosaedro, además de que ninguno de ellos llena el espacio.
Dadas estas propiedades, el espacio ortogonal proyectivo tiene ya casi 10,000 años de imponerse en el pensamiento arquitectónico occidental (ver figura 5.3b). ¿Se trata de una victoria definitiva?, ¿es propio del hombre el espacio ortogonal?, o ¿nos espera otra concepción del espacio, otra "invariante" provisional, otro escalón dentro de una evolución de la concepción del espacio por el hombre? ¿Será el espacio ortogonal una "invariante" humana mientras no pasemos psicológica y culturalmente más allá de la etapa piagetiana del espacio proyectivo?
Según Piaget, la evolución individual del espacio pasa fundamentalmente por tres etapas: la topológica (caliente-frío, mojado-seco, cerca-lejos, cerrado-abierto), la proyectiva ya descrita, y la euclidiana (apreciación psicológica de las medidas métricas). ¿Basa entonces su éxito el espacio ortogonal en la relación unívoca entre cada uno de los seis elementos del espacio proyectivo y los seis elementos que conforman el espacio ortogonal, sin que para ello importen particularmente las deficiencias en nuestra apreciación de las dimensiones métricas del espacio?, ¿cuanto mide esta habitación?; ¿estamos todavía por alcanzar plenamente la etapa del espacio euclidiano?, ¿nos encontramos ante su umbral? En lo que toca a los espacios interiores: ¿nos hallamos entonces en una especie de concepción cultural proyectiva del espacio y es por ello que estamos anclados desde hace casi 10,000 años al espacio ortogonal? ¿Valen las hipótesis de Piaget también para la concepción espacial de la arquitectura? ²
Pero, ¿qué pasó después de estos inventos?. Se podría sospechar que se logró todo ello ¿a precio de desacelerar la historia de la arquitectura? ¿Sería ese periodo acelerado de la prehistoria el equivalente de la "ciencia extraordinaria" y del "pensamiento divergente", una verdadera revolución en el pensamiento arquitectónico que marco la pauta para el advenimiento de una etapa de "ciencia normal", de "pensamiento convergente", de "resolución de problemas" que permea la atmósfera del espacio proyectivo-ortogonal? Es decir, ¿equivaldría la revolución neolítica a los cambios bruscos estudiados por la Teoría del Equilibrio Puntuado, y sería la etapa del espacio proyectivo ortogonal la correspondiente a los largos periodos de equilibrio o "estasis" arquitectónica?, ¿son 10,000 años poco o mucho para alcanzar otro estado de equilibrio?
Después del invento de la casa, de la aldea, de la calle, de la plaza, del poblado, de la ciudad; después de la liberación de la ubicación de las puertas más allá de su obligada colocación en los puntos de tangencia entre dos espacios redondos; después de aprender a llenar el plano de la casa sin dejar espacios intersticiales desperdiciados, después de la invención del ángulo recto y de su correspondiente espacio ortogonal, después del descubrimiento de la funcionalidad (a diferentes niveles); después del invento de la prefabricación (ladrillos), de la escalera, de los pisos múltiples habitables; después de la confirmación de la territorialidad, de la jerarquización y de la ornamentación peculiarmente humanos, ¿sería válido preguntarnos si los inventos arquitectónicos posteriores, esto es, históricos: los estilos, no serían más que diferentes maneras de arrugar las paredes? ¿Es esto una ofensa para la dignidad del hombre y de su arquitectura? En el límite del reduccionismo, ¿serán sus estilos meras variantes de ornamentación dentro de un callejón conceptual sin salida? Siguiendo nuestro reduccionismo ¿sería la historia de la arquitectura el resultado de un bloqueo epistemológico (a la Bachelard) mayúsculo, del cuál todavía no nos hemos dado cuenta?
Es más, el precio pagado por enfatizar durante tanto tiempo una peculiar forma cultural de percibir el espacio es la distorsión o el error cuando, en condiciones críticas, vemos lo que queremos ver y no los objetos en su verdadera realidad. Así, 10,000 años de vivir el espacio ortogonal nos hace, en ocasiones, ver ángulos rectos donde no los hay, aun a precio de hacer de personas normales enanos o gigantes y de producir fenómenos físicos imposibles. En el "cuarto distorsionado de Ames" (ver figura 5.4f) al aceptar -a priori- su rectangularidad no podemos evitar ver a las gemelas como de diferente tamaño. Aquí nuestras apreciaciones son erróneas.
Como podemos observar en el croquis , las gemelas se encuentran a diferente distancia del observador, pero este prefiere "normalizar" la geometría del cuarto y ver las gemelas a la misma distancia, a precio de cambiarles su estatura. Visto así, la cultura también distorsiona el espacio. ³
Así pues, el aprendizaje cultural limita las maneras en que puede ser percibido un espacio. De las múltiples interpretaciones posibles en las que puede ser leído un objeto en nuestro mundo tridimensional, nosotros preferimos una, aquella reforzada durante el largo aprendizaje cultural. Literalmente, nosotros reconstruimos el objeto más allá de su forma verdadera; así, en condiciones especiales, en una fotografía o en un ambiente cualquiera, aseguramos ver un muro rectangular en perspectiva cuando en realidad se trata de uno en forma de trapecio visto de frente.
Durante el transcurso de un estudio experimental intercultural (ver figura 5.4g), al mirar una estructura trapezoidal plana que rotaba uniformemente en torno a su eje vertical, los sujetos occidentales insistieron en percibir una "ventana rectangular", aun a precio de observar falsamente movimientos oscilatorios poco comunes o impredecibles en ambos sentidos; cuando se colocaba un objeto cualquiera sobre el travesaño superior, afirmaban que dichos objetos ejecutaban maniobras sumamente extrañas o imposibles. En este caso, para preservar la normalidad de la ventana rectangular, los sujetos occidentales prefirieron aceptar la anormalidad en el movimiento de los objetos involucrados. Aquí, la realidad es vencida por ilusiones ópticas aberrantes. Los Zulu (representantes contemporáneos de la cultura redonda), por el contrario, menos susceptibles al estereotipo del ángulo recto, vieron menos frecuentemente la "ventana rectangular" y más un objeto trapezoidal que rotaba sobre un eje vertical de manera uniforme.
En cierto sentido, nuestra concepción del espacio es como la concepción del mundo de Aristóteles: ambos vemos lo que queremos ver. Engañados por nuestra óptica cultural nosotros caemos fácilmente en ilusiones ópticas al reconstruir el objeto a nuestro antojo (cultural); Aristóteles veía sólo desorden y corrupción en su imaginado "mundo sublunar" terrestre, según el no sujeto a leyes. Tanto nosotros como el gran filósofo nos equivocamos.
En circunstancias peculiares es de notarse que la normalidad de un aspecto del espacio (o del mundo de las ideas) es obtenida a expensas de la anormalidad inexplicable de otros aspectos. En estos casos, es claro que la correspondencia entre la realidad y su percepción se rompe.
En la práctica de la percepción urbana, donde la intersección de las calles no siempre es a 90 grados, tantos años de abuso en la construcción perceptual del ángulo recto nos hace apreciar falsamente la perspectiva y las distancias urbanas. Gracias a nuestra "fijación" ortogonal y su interpretación cultural de las formas, la inteligibilidad del espacio también se deteriora.
Desde una perspectiva más abstracta y tomando momentáneamente a la arquitectura de la ciudad como organismo, podríamos continuar diciendo que, así como la actividad biológica de los organismos deriva de su fina estructura molecular, análogamente la actividad arquitectónica de los edificios de la ciudad deriva de su organización espacial.
La estructura de un sistema biológico dado [arquitectónico-urbano: la ciudad] es el producto del desarrollo espacial y temporal de una serie de procesos. Su estructura actual lleva inscripta (es) su historia y depende de los caminos recorridos para llegar a ella. Es la historia de los desequilibrios experimentados por el sistema (Cereijido), p. 207). Así como la vida, la arquitectura de la ciudad puede considerarse como una forma especial del flujo de materia y energía donde todos los seres vivos [sus componentes: sociedad, hombre, materia orgánica, materia inerte] ocupan un lugar en las cadenas y participan de un intercambio cíclico (ibid. p. 80).
Debido a la caída cósmica, a los sumideros locales, la génesis de las estructuras actuales surgió a base de organizar mejor las estructuras caóticas anteriores. Lo estructurado de hoy está basado en lo caótico de ayer. Pero no todas las cosas están hoy igualmente estructuradas, nuestras ciudades de hoy parece que se desorganizan a costa de intereses privados y contradictorios.
Hoy por hoy, parece que la organización arquitectónica de nuestras ciudades se encuentra en un estado arcaico, casi podríamos decir pre-pre-biológico. Del caos original se empiezan apenas a formar las primeras moléculas efímeras (muy inestables) que no son capaces ni de crear funciones legislativas, ni ejecutivas... (ibid. p. 128) Los sistemas biológicos son, en cierta forma, una superposición de estructuras de complejidad creciente... Cada configuración nueva le permite al sistema una mejor adaptación que la inmediata anterior, de modo que su historia es el camino de más seguridad (que pasa más cerca de los equilibrios) y el más económico (que gasta menos energía libre). Es importante resaltar que el sistema biológico hace lo mejor que puede (se desorganiza lo menos posible) dentro de lo que le permite la historia previa que lleva inscripta en su estructura (ibid. p. 98).
Ahora bien, ¿es la historia de nuestras ciudades el camino de más seguridad (que pasa más cerca de los equilibrios) y el más económico (que gasta menos energía)? Y si es así, ¿no está nuestra ciudad a punto de desaparecer debido a su aparente regreso a la desorganización y al caos, precisamente porque los caminos de más seguridad y los más económicos la dirigen precisamente a su desintegración final?