Vida Artificial

Ensayo
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LA METAFORA DE LA CIUDAD COMO SISTEMA BIOLOGICO

 

Los párrafos que siguen presentan un juego de ideas surgidas a partir de lecturas sobre temas biológicos. En alguna parte, incluso, intentaremos hacer una paráfrasis de conceptos tomados del libro de M. Cereijido: "Orden, equilibrio y desequilibrio" (1978), donde cambiaremos algunos términos (por ejemplo: biológico por arquitectónico, etc.). En estas frases, nosotros no afirmamos nada, solamente nos dejamos llevar por el camino especulativo en un paréntesis que quiere ser una provocación.

Hace algunos miles de millones de años, justo después de la formación de la Tierra, en aquella etapa temprana en que reinaban como forma de movimiento de la materia, los movimientos físico y químico, la materia alcanzaba niveles cualitativamente más altos de organización. La evolución señalaba una tendencia de autoorganización de la materia que la conduciría más tarde a la creación de las formas de movimiento biológico, psíquico, social..., y a todas aquellas formas superiores de movimiento que puedan sucedernos; formas que quizá ya existan en el centro de las galaxias, alrededor de las estrellas de la población II, en aquellos mundos que se formaron ya hace mucho y que tienen la experiencia de vivir miles de millones de años antes que nosotros, quienes vivimos en la apartada periferia de nuestra vía láctea.

El largo viaje hacia la autoorganización de la materia se inició (cuando menos en este ciclo conocido) justo en el momento de la gran explosión o big bang: la era de la singularidad, hace aproximadamente 20 000 millones de años. Desde ese instante el universo no acaba de explotar, pero durante el proceso ha creado —entre otras cosas— el tiempo, el espacio, la energía y la materia (ver figs. 5.1a-5.1b y 5.1c).

La vida, como todas las demás cosas, es un subproducto más de aquella explosión primigenia que, aunque atenuada, todavía perdura y cuyo estrépito podemos escuchar —aún ahora— si ponemos atención a lo que nos dicen los registros de nuestros radiotelescopios (3 grados kelvin: el ruido de fondo y testigo omnipresente de nuestro actual estado de explosión).

En medio de la explosión, entonces, la materia se ha venido organizando y, en su lucha, ha formado islas de organización (como la vida, las creaciones humanas, etc.), que se alejan paulatinamente del caos de lo no organizado (ver figs. 5.2a, 5.2b, 5.2c y 5.2d).

Desafiando la interpretación estrecha de la conocida ley de la entropía (cfr. supra, "la muerte tibia del universo"), la termodinámica de los procesos altamente alejados del equilibrio nos explica ahora los procesos locales de creación química y biológica. La vida ya no es un desacato a la ciencia sino, por el contrario, dadas ciertas circunstancias, la sola interacción de la materia (sin apelar a principios vitalistas) conduce necesaria, inevitablemente a la vida (cfr. Prigogine 1980, 1983a, 1983b). En las condiciones de la Tierra primitiva, la vida no tuvo más remedio que surgir y evolucionar de acuerdo a sus posibilidades locales.

Pero, la vida no se opone al crecimiento universal de la entropía, ya que, en sus propósitos de organizar la materia localmente (organismos, comunidades), desorganiza necesaria y proporcionalmente sus alrededores. Es decir, para existir, la vida se autoorganiza a precio de tirar la basura al patio del vecino. Así pues, en su conjunto, el universo puede seguir su inevitable marcha al caos, mientras las evoluciones locales: espaciales y temporales, naturales y humanas, se compensan en sus empeños por sobrevivir un poco más. Desde esta óptica, la creación (incluida la humana) es un acompañante más dentro de todos los procesos que orquestan la marcha general al caos. Si el universo es "cerrado", después de impresionar ("big crunch") "reapareceremos" de nuevo para correr otra aventura. Esto, de acuerdo a las teorías vigentes, pero, podrían venir otras menos pesimistas...

Ahora bien, al tiempo que se organizaba, la materia biológica ha venido creado la emergencia de aquello que, por el momento, llamamos conciencia, pensamiento, inteligencia (ver figura 5.2a). Para algunos, a medida que se autoorganiza, la materia no puede menos que excretar inteligencia.

Hasta el momento, la cognición se ha aferrado -al menos hasta donde podemos observar- en las moléculas biológicas, aunque algunos afirman que pronto la inteligencia adoptará un nuevo vestido, no necesariamente orgánico, posiblemente en base al silicio y otros medios. Incluso, si se llevara a buen término el proyecto de computadora orgánica inteligente construida con biochips, ¿como tendríamos que llamarle?: ¿computadora?, ¿animal?, ¿Frankenstein?, y si acaso probara ser más inteligente que nosotros: ¿Golem?, ¿Superhombre?, ¿Querubín?,..

Curioso, sin embargo, es darnos cuenta de que, con tanto que nos importa, no sabemos bien a bien qué es la inteligencia, aunque bien pudiera tratarse de un "constructo" nuestro provisional para definir un "algo", alguna "esencia" que todavía no entendemos. De ser cierto lo anterior, con el tiempo podríamos comprobar que:

Si bien el término inteligencia existe, su concepto está muy lejos de encontrar una definición satisfactoria, no obstante, es tan útil como lo fueron en su momento histórico el ímpetus, el flogisto o el éter, los cuáles fueron sustituidos respectivamente por los conceptos científicos hoy aceptados de gravedad, oxígeno o vacío interestelar (cfr. Piaget y García, 1982; Bernal 1981; Davies 1982).

Lo que hoy todavía llamamos inteligencia responde también a una nueva realidad material objetiva, verificable y reproducible en organismos biológicos o en artefactos 'artificiales'.

La inteligencia (o como se le quiera llamar) no depende del tipo de materia que le sirve de sustrato (v.g. materia orgánica), sino en el grado de organización de la misma.

La inteligencia es un 'gradiente' que aparece en los sistemas (organismos o artefactos) que va del 0% al 100%; en nuestro universo cotidiano estas dos formas extremas simplemente no se dan. Así como la gravedad, el oxígeno y el vacío relativos existen por doquier en nuestro ambiente, así también, suponemos, la inteligencia es un gradiente que nutre diferenciadamente los sistemas (organismos o artefactos) de nuestro ambiente cotidiano.

Así como podemos producir o provocar industrialmente la gravedad, el oxígeno o el vacío, así también podremos hacerlo con la inteligencia. En tal caso, la inteligencia sería otra más de las industrias del futuro.

A partir de la actividad de Minsky en los cincuentas, la ¨inteligencia¨ deja de ser asunto misterioso, confuso, especulativo, propiedad exclusiva de la filosofía y la metafísica, para pasar a ser parte de las ciencias empíricas y, consecuentemente, parte relevante de la industria de la revolución científico-técnica. Por primera vez, el viejo sueño de la humanidad de construir entelequias inteligentes se verá colmado, y así como Galileo logró incorporar el método experimental a la metafísica de los cuerpos en movimiento, la inteligencia experimental hará lo propio con las elucubraciones filosóficas acerca de la inteligencia. Como en la física galileana de antaño, la inteligencia experimental del mañana planteará el debate acerca de la cognición y el pensamiento en términos de verificación experimental y no en términos meramente especulativos. Por cierto, este fue uno de los principios que hicieron posible la Revolución Científica.

Para entonces, el pensamiento arquitectónico habrá adquirido una nueva prótesis, esta vez inteligente, y muchos de nuestros mitos actuales y pasados quedarán simplemente al desnudo. Seguramente sabremos más acerca de la arquitectura que lo que sabemos hoy. Y ya en esas circunstancias, posiblemente podríamos preguntarnos si ¿no será el concepto arquitectura algo así como un gelatinoso flogisto que espera pacientemente a que se le ponga en evidencia? ¿Podremos definir mejor la arquitectura?, ¿podremos entenderla mejor?

En el siglo XVIII se desflogistizó el oxígeno, quizá algún día podamos 'desflogistizar' la inteligencia, la arquitectura y el diseño. El diseño y la arquitectura artificiales serán una realidad en la medida en que la industria de la inteligencia artificial y las ciencias cognitivas cumplan sus promesas. Digo esto porque todavía no nos reponemos de la sorpresa de aceptar a la máquina como extraordinario asistente del dibujante, del perspectivista, del animador, del técnico en tipografía, cuando nos enteramos que la Inteligencia Artificial no es un concepto de la ciencia ficción, sino que empieza a poblar las ideas y las realidades de nuestra cotidianeidad, y se apresta, según algunos, a construir una revolución en el pensamiento similar, en su osadía, a las revoluciones copernicana, darwiniana o freudiana.

Osadía por lo que se presenta como un desgarramiento más del mito humano acerca de su alegada superioridad sobre todos los seres y cosas que habitan sobre la faz del mundo, acerca de sus aducidos privilegios por cuanto toca a su lugar central en el universo (Copérnico), como por la forma divina de su manufactura (Darwin), la racionalidad incuestionada de sus actos (Freud) y, ahora, por sus pretensiones infantiles de exclusividad para el uso y desuso de la inteligencia. Visto así, el antropocentrismo se descentra en su viaje obligado hacia la periferia.

Y ya a estas alturas, en relación a las máquinas inteligentes del próximo futuro: ¿tendrán conciencia de sí mismas y de los demás?, ¿experimentarán sentimientos y pasarán por estados emocionales?, ¿se podrá hablar de máquinas-artistas que hagan y sientan la poesía?, ¿habrá una ciencia, una arquitectura y un arte específicamente artificiales? Entre todas las cosas que nos atañen, ¿seria el arte el último refugio de antropocentrismo?, ¿tendría que ser siempre realizado por y para los humanos?, ¿podrá existir un día un verdadero arte híbrido hombre-máquina, un arte simbiótico?, ¿habrá un día un arte puro máquina-máquina?, ¿es esto un absurdo, carece de sentido?. ¿Debemos compartir únicamente la fuerza bruta con las máquinas o podemos también compartir la inteligencia, la arquitectura y el arte?, ¿la aparición de un hipotético y remoto maquinocentrismo sería el golpe final para el orgulloso portador del antropocentrismo?. ¿Son una aberración estas preguntas, son un absurdo completo?

Mientras tanto, a la manera de la multiplicación de los panes, la multiplicación de las máquinas inteligentes aliviará nuestros problemas de hambre cognitiva. Según parece, nos encontramos ante la expectativa de recibir un nuevo regalo de la evolución: de "mamíferos tricerebrados" (McLean 1973) pronto pasaremos a ser los mamíferos tetracerebrados, los híbridos, simbióticos herederos de aquellos primeros hombres puramente biológicos, ya que nos aprestamos a recibir como prótesis cultural una nueva, una cuarta capa cerebral, un cuarto cerebro, esta vez "artificial" o producto del hombre. Así, al legado evolutivo: "complejo reptiliano, sistema límbico y neocorteza", responde el legado cultural: la chipcorteza, la neocorteza electrónica que logró romper la estrechez espacial impuesta por el antiguo y reducido cráneo biológico, para extenderse más allá, dentro de los limites del emergente cráneo tecnocientífico, más allá de la biosfera y la noosfera, hacia la emergente cognosfera: la esfera cognitiva, la esfera que incluye la cognición humana y la cognición artificial.

Como la memoria fisiológica, la chipcorteza: la cuarta capa cerebral se encontrará en todos lados, sin localizarse en ninguno, sólo que ahora, por primera vez se atreverá a salir de la estrechez del cráneo biológico, para invadir por completo el espacio. A partir de entonces, ningún cerebro humano podrá quedar aislado (¿a menos que lo quiera?); a partir de entonces la chipcorteza enlazará nuestros cerebros biológicos con las microcomputadoras orgánicas colocadas hábilmente dentro de nuestro cráneo, a manera de terminales inteligentes que nos liguen con los cerebros o bancos de conocimientos mundiales.

No obstante, es probable que una nueva especie de evolución cognitiva, se independice de nosotros. Una vez autosuficiente, la inteligencia artificial inevitablemente creará sus propios mitos y su propia concepción del mundo. Estos serán, quizá, los primeros seres inteligentes con quienes podamos establecer contacto regular. Sin embargo, por grandiosa o aterradora que pudiera ser, la evolución del maquinocentrismo tampoco podría dejar de ser local. Pero, ¿será esto un maquinocentrismo que parta de su propia concepción del espacio, antagónico, quizá, con el de su progenitor? ¿Pasará la chipcorteza por sucesivos estadios evolutivos tales como la concepción del "espacio redondo" o la del "espacio ortogonal"? (ver infra), ¿tiene sentido la pregunta? ¿Se manifestarán también los odios raciales mediante la concepción y uso del espacio ya no entre hombres, sino entre máquinas y hombres?..

Mientras tanto, en un juego de evoluciones locales donde lo humano tampoco escapa de su vinculación con lo temporal, ¿podemos imaginar para la arquitectura un ritmo y una dirección evolutivos diversos a los que (desde el big bang) tomó la materia física, química o biológica?, o ¿estará la arquitectura dirigida por sus propias leyes locales, jerárquicamente superiores y similares a las que apuntan Piaget y García (1982) para la adquisición del conocimiento por el hombre?, y si así fuere, ¿tendría que ver con la Teoría de los Paradigmas (Kuhn, 1983) o la Teoría de los Equilibrios Puntuados (Gould y Eldredge, 1977) en cuanto a su ritmo discontinuo de desarrollo (por oposición al gradualismo afirmado por el positivismo y el darwinismo clásico)?

Es más, ¿tendrá ya la arquitectura el tiempo suficiente aquí en la Tierra para poder hablar de madurez, ya que, al fin y al cabo, pertenecemos a una especie de recién llegados?, ¿serán suficientes unas decenas de milenios para exigirle a la arquitectura mejores resultados?, ¿cuál será su escala temporal? De ser más cercana a la escala geológica, las decenas de milenios serían entonces del todo despreciables y tendríamos que esperar mucho más para exigirle mejores resultados; de ser más cercana a la escala cultural (y todo pareciera indicar que lo es) tendríamos que exigirle un ritmo más veloz, tendríamos que inyectarle "enzimas culturales" para acelerar su evolución, porque la catástrofe actual y prometida de nuestras ciudades es el indicador más claro de su inoperancia.

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